Morir un poco (II)

Por lo dicho, la idea de la muerte -traducida en términos de una separación dolorosa e irremediable, lo mismo que en el aflojamiento del control y la sobreexigencia de demostrarse a sí mismo que se está vivo- necesita, para su resolución, de una experiencia que integre la realidad de la muerte, de la separación, tanto como de la des- idealización de sí mismo y de los demás.

Es como que, el saber que vamos a morir alguna vez, nos permite disfrutar más del estar vivos; quizás tengamos más en cuenta el cuidar nuestra salud, valorarla, aprender a escuchar los mensajes del cuerpo de manera adecuada, sin caer en el alerta total cuando no corresponde, como ocurre en la situación de pánico. Vale la pena diferenciar una cierta angustia de alerta, necesaria, de aquella otra, desproporcionada e incontrolable.

Nuestra actitud frente a la muerte recibe influencias desde el entorno en el que nos ha tocado vivir, tanto de la familia como de la cultura en la que nos educamos.

Cada cultura tiene una visión de la muerte que influye en que ésta sea motivo de angustia o no. Imaginemos el sentimiento de honor y gloria de los Kamikazes, entregando su vida en favor de una causa trascendente. La convicción de una realización valorada otorga un sentimiento de satisfacción que contrarresta los emergentes de angustia que surgen en la inminencia de la muerte.

Hace tiempo, ví una película, en la que se mostraba cómo los esquimales encontraban natural que los viejos de la tribu en algún momento se rezagaran, resignados a morir, con la esperanza de alimentar, de esta manera, a los osos. El momento de partir, nutriendo a un hermano de distinto pellejo, estaba, en este caso, marcado por la programación natural, sumada a la noble causa de contribuir a la continuidad de esa misma naturaleza “que nos mata”. De esta cruda integración de la muerte ligada a la naturaleza, nos hemos ido olvidando al punto que ahora parece que la naturaleza nos reclamara con furia toda nuestra falta de cuidados hacia ella. Aún así, da la impresión que no nos estamos angustiando lo suficiente frente a ello, como en los casos de negación que mencionara antes.

Lo mismo podemos decir de las culturas que encuentran la muerte como un pasaje a otra forma de existir, desencarnada de los ropajes humanos. La muerte, en este caso, puede ser una elevación, más aún si se ha tenido una vida plena y con sentido. La creencia en un reencuentro posible en el “más allá” atenúa las consecuencias del duelo y la angustia por el abandono de los seres queridos.

Otros modelos de enfrentar la muerte acentúan el sentimiento de culpa y la posibilidad de una condena, sea al infierno o a una reencarnación marcada por los pecados de nuestra existencia, que hace que el acto de confesarse y de recibir simbólica absolución, sea un atenuante de la angustia frente a la muerte, si se estuviera en falta o pecado.

Dr. Pedro Morales Paiva
2008-05-06

Comentarios

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ynes :
Valoracion: 4/5
Estoy pasando lo mismo,pero no entiendo que tiene qver la infidelidad con los hijos.Porque ignorarlos y hacerles tanto daño. Esta sociedad esta cada vez mas enferma y los hijos sufren horrores que a veces no podemos evitar.


sara :
Valoracion: 4/5
bueno yo me enamore de un hombre sin saber q tenia otra relacion sufri mucho ahora despues de tiempo me pide volver q yo le pertenezco lo cual no es cierto ya qahora yo soy mas fuerte q antes y me dolio tanto q no queria nada ni vivir me refugie en dios y la logica y sali y amarme a misma espanto todo dolor


ANIER ROSAURA :
Valoracion: 4/5
LA INFIDELIDAD ES ALGO INESPERADO Y CAUSA UN GRAN DOLOR. YO LA VIVI EN CARNE PROPIA PERO NO PODEMOS HECHARNOS A MORIR POR ALGUIEN QUE NO VALE LA PENA



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