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Vivir de espaldas a los afectos |
Conversando hoy con una colega que coordina un proyecto comunitario en un colegio estatal, me comentaba preocupada sobre los altos niveles de violencia, abuso, suicidios o intentos de suicidio. Se dan fuera y dentro del colegio. Me decía abatida: “nosotros vemos la violencia pero no podemos hacer nada”.
¿Es así necesariamente? ¿“No podemos hacer nada”? Creo que no. Pienso que lo que ella está expresando es lo difícil que resulta soportar el embate de la violencia en la vida cotidiana, y cómo aunque su equipo de trabajo está formado por personas buenas y altamente calificadas profesionalmente, la experiencia produce un fenómeno de saturación (también conocido actualmente como “burn out”), que no es suficientemente comprendido y sostenido, como lo demuestra el nivel de deserción de los miembros del equipo, que cada cierto tiempo deben ser reemplazados por nuevas personas.
Entre las formas de violencia que observan cotidianamente, me contaba el caso de profesores que pegan a los alumnos y luego los amenazan para que no digan nada. El número de violaciones sexuales es también alto, así como los casos de intento de suicidio. La sensación de carencia de soporte es inmensa, a todos los niveles: hijos que apenas ven a sus padres, y adultos o profesores insensibles, negligentes o carentes del más elemental sentido de compasión.
La educación ha privilegiado lo cognitivo en detrimento de lo emocional, y ha situado a la disciplina, antes que como un medio para una convivencia respetuosa, como un fin en sí mismo, y tiñéndola de un matiz autoritario y muchas veces vejatorio para los alumnos.
Considero que hace sentido preguntarnos si no será consecuencia de eso el aumento del maltrato social. Se ha privilegiado el individualismo sobre el fomentar y fortalecer las redes sociales, y aunado al desconcierto en el que se encuentran las personas al tener que vincularse y enfrentar los diferentes requerimientos afectivos que supone la relación con los otros, lo que puedo percibir es que cada vez más, la preocupación por nuestros semejantes, así como la confianza en que los otros van a preocuparse por uno y se interesarán en ayudarnos, va desdibujándose de la trama social. Pareciera que el mensaje privilegiado es “sobrevivir” (más que vivir), sin poder sintonizar con los afectos, ni los de los demás ni los de uno mismo.
Este individualismo, con una suerte de ideología del sobrevivir, del sobreponerse a los golpes y endurecerse, muestra una contradicción. ¿Acaso no fomenta el narcisismo, en el sentido de una dificultad para reconocer nuestra interdependencia con otros, y para aceptar que tenemos límites y que necesitamos emocionalmente de los demás? ¿Y acaso el narcisismo, llevado a su exaltación, no es precisamente el mayor atentado contra la constitución de redes sociales?
Para salir del entrampamiento es ineludible una vuelta hacia los afectos, que pueda abrir una puerta para replantearnos lo que estamos viviendo, lo que estamos transmitiendo, lo que estamos reproduciendo, y lo que se está promoviendo a nivel social. Una sociedad carente de afectos es una sociedad que fomenta la eclosión. ¿No son acaso las propuestas más racionales, donde el afecto está escindido, las que han sostenido las atrocidades más grandes de la humanidad?
Vale la pena todo esfuerzo destinado a abrir el mundo de las emociones y los afectos. Tal vez así podamos comenzar a ir unos con otros y no unos contra otros.
La violencia no se combate con violencia ni se resuelve con represión, como lo han demostrado tantas experiencias a lo largo del tiempo y alrededor del mundo.
La violencia tiende a envolver, a meternos en espirales sin salida. Los afectos, en cambio, tienden a desarrollar, a tender puentes, a germinar. |
Leopoldo Caravedo Molinari
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Comentarios
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Estoy pasando lo mismo,pero no entiendo que tiene qver la infidelidad con los hijos.Porque ignorarlos y hacerles tanto daño. Esta sociedad esta cada vez mas enferma y los hijos sufren horrores que a veces no podemos evitar. |
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